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Cuento: La vizcacha y el acajllo

LA VIZCACHA Y EL ACAJLLO
Donde se estrechaba el valle, en las laderas, debajo de una roca saliente en un subterráneo, cavado con ahinco, vivía una vizcacha. Ya había pasado la época de las lluvias, los sembríos tornábanse amarillos y el viento agitaba en olas de los cereales, se acercaba la sequía, los tiempos de la escasez. La vizcacha con gran diligencia, recorría furtivamente los ratrojos. Se ocultaba bajo los tallos y hojas secas para no ser vista y con peligro de su vida se afanaba en recolectar alimentos. Iba y venia incansablemente caminando con esfuerzo, casi a rastras llevaba cuestas arriba los pesados bultos. Mientras tanto el acajllo, su vecino tranquilo y despreocupado estaba entregado a la holganza saltando de arbusto en arbusto y de piedra en piedra, repetía su monótono canto jiu, ajau..., hora tras hora, día tras día, con gran esfuerzo la vizcacha cumplía su labor. Al cabo de un tiempo en un rincón cuidadosamente barrido sobre hojas extendidas, se levantaban los amarillos trojes circulares, Allí estaba almacenada en capas superpuestas papa, maíz trigo, habas, olluco y frutas silvestres, ljiu, ajau, jíu, ajau..., arando y feliz el acajllo exhibía a la luz del sol las hermosas plumas escarlata de su nuca y el reluciente pecho amarillo ajau, jiu, ... repetía burlonamente mientras, veía a la vizcacha que agotada volvía casa. Pasaron los meses el invierno se hizo frió y recio, los campos estaban desiertos secos y resquebrajados. Ya no se podía encontrar restos de comida. Ajau, ajau el canto del acajllo ya se sentía triste y desolado, una tarde tiritando de frío llamo a la puerta de su vecina. Comadrita prestame tu maíz – dijo con voz temblorosa. No hubo respuesta – Comadrita siquiera unas mazorquitas – silencio, solo se escuchaba el sonido del viento – Comadrita... no va a ser en balde. En aire va a ser. No se abrió la puerta. El acajllo triste y batido, con lentos pasos, optó por irse. El holgazán siempre encontrará oídos sordos y puertas cerradas.

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